¿Por qué el libre mercado?/ Jacobo Brea Souto

Muchas definiciones cargadas de palabrería y construcciones enrevesadas se han dado sobre el libre mercado. Sin embargo, pocas o ninguna es tan acertada y sutil que la traída por D. Jesús Huerta de Soto en su libro Socialismo y cálculo económico. Partiendo de la idea de "empresarialidad" como acción creativa del ser humano, intrínseca esta de su naturaleza al igual que lo son sus necesidades básicas y una vez satisfechas estas, las no básicas, se crea un orden natural derivado de la interacción social entre individuos (demandantes y oferentes). Esta ley de oferta y demanda gobernaría todo intercambio espontáneo contractual en el cual las dos partes, con diferentes concepciones subjetivas de valor contrarias (es decir en busca de lo que carecen: oferente=dinero/demandante=bien o servicio), encontrarían resueltas sus necesidades y el intercambio sería fructífero para ambas partes.

La creación de privilegios de mercado como son los monopolios, es de los primeros síntomas palpables de una sociedad menos libre puesto que conceder la explotación/distribución de un producto en concreto a una sola empresa sea pública o privada,  hace que esta se acomode ya que no tiene competidores. Sobra decir que por consiguiente trabajará menos para mejorar sus productos y en definitiva la propia acción empresarial se atrofiará. Resulta cómico después de esta explicación que aún quede algún socialista que ondeando la bandera de los derechos del consumidor siga con las ideas de crear monopolios públicos lo que precisamente, como hemos visto, en tal caso favorece al amigo del político de turno al cual le es concedido dicho monopolio y desde luego perjudica al ciudadano. Pero quedarse en este razonamiento simple, francamente no es suficiente, debemos ir más allá analizando el carácter inmoral del estado y su propia manutención vía tributos que es de igual naturaleza

Las teorías ilustradas del contrato social mantienen aún a día de hoy el supuesto ideal de la concesión de parte de nuestra capacidad para juzgar o interrumpir, en los actos de quienes nos rodean, al estado. Lejos de esa idílica premisa se encuentra la realidad mediante la cual el ente estatal asalta la libertad individual de cada uno de nosotros poniéndola a servicio de la burocracia política del momento ya que el contrato o la sumisión libre a la autoridad así como el pertenecer a una sociedad u otra no depende del individuo en si. Por si esto fuera poco, además de someter el individuo de forma coactiva hace que este sufrague el coste de estas actividades mediante impuestos. Actualmente en España el estado se lleva casi un 50% de la riqueza creada por cada ciudadano para “supuestamente” invertirlo en obras que en teoría consideramos de primera necesidad. Véanse infraestructuras, educación o sanidad. Todo esto contrasta con la libertad propia puesto que si uno de nosotros optara por no pagar sus impuestos para así disponer de renta suficiente para que por ejemplo sus hijos pudieran ir a un centro privado, probablemente tendría el buzón a rebosar de cartas de hacienda culpándole de fraude fiscal y un largo etc de demandas. No es de extrañar que luego escuchemos quejas acerca de que solo las rentas altas pueden elegir libremente la educación de sus hijos en el sector privado, ya que aún después de pagar coactivamente sus impuestos disponen de capital suficiente. La solución es bastante simple, dejar de robar la riqueza creada por otros para luego invertirla en aeropuertos perdidos de la mano de Dios de los cuales salen 2 vuelos al año.

El punto de inflexión no reside en quien gobierna, reside en la cuantía de dinero de la que disponen puesto que la propia naturaleza humana es corruptible. Bajemos los impuestos para dar libertad a la gente para elegir entre una amplia oferta que proporcione el mercado, eliminemos todo monopolio, liberemos el mercado laboral para que empresarios y trabajadores negocien sin intermediarios parasitarios sindicales de por medio, reduzcamos la burocracia al mínimo e implantemos medidas que controlen a la misma (un buen ejemplo en materia es Singapour que no permite que los funcionarios estean más de dos años ocupando un cargo público, para que así no se creen tramas de corrupción) Hablar de destrucción del estado es algo atrevido pero progresivamente avanzaremos a ello porque no necesitamos Estado, necesitamos mercado. Cualquier carencia de tipo material que crea usted que sólo proporciona el estado puede dar por seguro que encontrará no algo parecido sino mejor en el sector privado y lo mejor de todo es que lo habrá elegido usted libremente con su propio dinero no habrán elegido otros con su masa patrimonial previamente robada. Cualquier política de inversión estatal está condenada al fracaso, a consecuencia de que este no tiene información suficiente acerca de la demanda que debe satisfacer y no se molesta por ello ya que aunque la inversión haya generado pérdidas, serán pérdidas socializadas que cubriremos todos con nuestro dinero. Privaticemos pérdidas y ganancias, así cada cual asumirá las consecuencias positivas o negativas derivadas de su interacción social. Es la única forma de alcanzar una legitimidad plena de relación grupal.

Es así eliminando toda coacción estatal, que no reduciéndola, cuando de verdad llegaríamos al llamado libre mercado con mayúsculas y no al mercantilismo actual. Todo aquello que interrumpa la libre asociación o la propia función de "empresarialidad/creatividad" humana debería de ser concebido como un instrumento de opresión. Dejemos que la mano invisible de Adam Smith (economista del cual no somos forofos en este blog, dicho sea de antemano) haga su trabajo porque la mano de Adam Smith es oferta y demanda, son compradores y consumidores, familias y empresas es decir somos nosotros mismos.

Artículo original aquí: http://blogunionlibertad.blogspot.com.es/2017/08/por-que-el-libre-mercado-jacobo-brea.html?m=1

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